Un Conte de Nadal / Àngel J. García

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I

Esta noche las estrellas lucen con energía en la negrura del cielo. Están a años luz. Igual de lejos que anteriores fiestas y cenas navideñas: Ves unas en el cielo; las otras entre recuerdos. Falta gente, pero tú te imaginas escenas, rememoras a las personas

Hace frío. Estamos a final de diciembre. En la calle repletas las cafeterías, zapaterías, hornos, tiendas de ropa. Bolas rojas, guirnaldas, villancicos…Decoración navideña. Los niños y adolescentes de vacaciones. Aceras llenas.

Por la mañana me llama mi Communty Manager. Llamémosla Clara.

-Tienes dos bolos, colega.

-Ayer estuve hablando con una radio de Huelva, hoy quería escribir-comento.

-Escribe otro día, por favor. Haz hoy dos lecturas: Residencia Novaedat Xátiva y Hospital Luis Alcañiz; traumatología y…, no sé qué planta más.

-Jo Clara. Ahí me pillas. Me acosté tarde; una mala noche…

-Las personas necesitan compañía estos días-concretó.

-Me llevo un par de relatos y algún poema.

-No cojas truculencias, porfa-me suelta-. Se amable.

II

Llego puntual al hospital. Leo en trauma y en pediatría. Me aplauden. Felicito. Doy ánimos: hago de coach y dejo un pequeño spoiler de Pretérito Imperfecto.

-Espero que pronto estéis con vuestras familias -me miran; más que aliento quieren una clave, una luz-Lo primero es la salud y nada, que ha sido un placer compartir aquí la mañana-.

Me presento en la residencia: mucha decoración manual. Me gusta. Adornos manufacturados con las ayudas de las auxiliares: flores, plantas de hojas encarnadas, luces, árboles de Navidad en las esquinas, dibujos hechos por ancianos y ancianas. No sé si has ido, pero pasarte aunque no tengas a ningún familiar allí y saludar, te irá bien. A ellas y a ellos más.

En la sala de la televisión vuelvo a las mismas narraciones que en el Alcañiz.

No me quitan los ojos de encima. Están contentos de tanta visita estos días: colegios, coros de música, ONGs…Se acuerdan de ellos. Y ahí estoy yo. No puedo mirarlos para que no me duela. Levanto mis ojos y les veo esperanza….Ufff. Agacho de nuevo. No quiero flaquear. No me apetece que salga a ese gatito que tengo en mi interior. Para que el felino no se ahogue a veces sale, pero lo escondo enseguida para que no me dañe la imagen.

Terminé de leer. El relato del rapto del niño en la Guerra Civil nunca falla (La Resistencia). Junto a la ventana empañada había una señora de unos 90 años. Me indica que me aproxime con un gesto de su mano:

-Acércate, chiquitín-.Su mirada denota un velo de placidez.

-Gracias, señora –reí-.

-¿Sabes que me gusta mucho todo lo que has contado, Hijo de la Navidad?

-Oh, gracias de nuevo -dije-. Resulta duro escribir y que te reconozcan es lo mejor.

-Naciste a finales de agosto, ¿verdad? Eres una lágrima de diciembre.

-Si. Tiene razón.

-¡Lo pillé!-dijo-. Soy más que abuela tuya y sabía que un día nos veríamos-.

Oye, puede que al leer esto te estés sorprendiendo, pero me dedico a tener tacto y respeto, ¿por qué contradecirla?

-No me lo imaginaba, pero si usted piensa eso me alegro-.

-Continúa con tus relatos-recalcó-. Son muy interesantes. Ojalá hubieses conocido más a tus antepasados. No los olvides nunca.

En la sala quedábamos ambos y una enfermera ordenando las sillas.

-Gracias. Lo tendré en cuenta-sonreí cerca de ella, pero con las medidas Covid- ¡Mi nueva abuela!

Esbozó su rostro una amplia sonrisa y un brillo azul en sus ojos.

-Vete hijo. No te entretengo. Me han dicho que viniste con moto: ten cuidado.

-Me alegro de haber estado aquí y de charlar con usted. Prometo volver o escribir algo de ustedes.

Antes de cruzar la puerta me gritó:

-Felicidad niño de Navidad, ese es mi nombre: Felicidad. En los picos se ven las cosas… -.

Cerré. Bajé las escaleras. Me despedí de las enfermeras, auxiliares y celadoras.

III

Me pongo el casco, me aparto las greñas del pelo y lloro. Cosa de un minuto y arranco  haciendo ruido con el escape libre. «Navidad», pensé.

Pasa el día. Esbozo un artículo sobre el orgullo (espero que lo puedas hojear antes de final de año). Apenas pillo algún premio de la lotería y me cabreo. La pulsión me lleva a tomar el aire: al supermercado. Cojo un Merlot de siete euros: buena pinta. Rescato una manta. Cuaderno de notas, sacacorchos, una copa, bolígrafo y móvil. Monto en mi coche. Son las ocho de la noche. Me voy.

Tú sabes que no son horas para ir por el campo; sin embargo cada uno tiene sus manías. En fin…, subo al Santuario de Santana. Hasta arriba del todo. Y vaya frio…, pero digno de observar: todos los pueblos de alrededor iluminados con motivos navideños. Noche clara la del 22 de diciembre; hasta el mar me alcanza la vista. Flipé de lo lindo.

Recuerdo las visitas de la mañana. Noto un punto de tristeza y descorcho el Merlot. Saco la manta y me envuelvo en ella apoyado junto a la rosa de los vientos. Puertas abiertas del coche: Mahler alumbrando la oscuridad con la cuarta sinfonía. Las luces a lo lejos. Gente. Sonidos de vehículos. Gélida brisa. Y la soledad. Me canso y entro en el coche. Me dejo llevar por la música, apuro la botella, me quito los zapatos, me tapo con la manta y me duermo.

IV

Sueño con Felicidad: me da un lápiz atestado de motivos navideños.

-Escribe. Hazlo. Que no nos olvide nadie. Estamos en las estrellas y en todas partes, niño de Navidad.

«Naciste en agosto». Esta frase repetida varias veces hasta que grite «¡Eyyy!» y miré el reloj. Las nueve de la mañana.

Afuera y cerca del coche, mirándome, hay lo que parece una familia. El hombre me mira.

-¿Estás bien?-pregunta.

-Sí, no os preocupéis; gracias. Me quedé traspuesto un rato. Vine a contemplar la salida del sol-.

La mujer lleva a los niños apretados a su cintura. Habrán imaginado que soy un perro verde. Saludan con la cabeza y se van.

Enciendo el motor del coche, suelto el freno y bajé hasta mi casa. Ya lo tengo bien; ya me vale…

V

Me doy una buena ducha. Luego me preparo un vaso caliente de leche. Escribo unos WhatsApp y unos mails felicitando las navidades.

Escucho los efusivos saludos de las personas a través de los cristales. «Navidad, chaval, Navidad». Renos, Papá Noel, tiendas, regalos, música, cava, ausencias y presencias, los Reyes Magos…

Vuelvo a ser un niño. Acuden las palabras que me dedicó Felicidad en la residencia:

-Escribe, hazlo de nosotros, luz de diciembre-. Mi nueva abuela.

Aclaro mi garganta y llamo al hogar de la tercera edad porque necesitaba saber un par de cosas. Resulta que había hablado con mi padre por teléfono hacía una hora. Me cuenta que tuvo una abuela llamada Felicidad. Qué casualidad.

-¿Puedo hablar con la señora Felicidad? Soy Ángel García. Estuve ayer leyendo allí en la sala de estar.

-Ah, Hola-contestó con una voz suave y cargada de paciencia-. Perdona, pero no tenemos a nadie que se llame así-.

-¿Una señora que estaba junto a la ventana, con el pelo rubio y ojos azules? Pelo teñido, supongo…Llevaba un collar con bolas verdes y azules.

-Lo siento Ángel, pero no hay ninguna señora Felicidad con esos rasgos-.

-¡Oh, gracias! Feliz Navidad-me quedo mirando la pantalla del móvil…

-Igualmente-.

Un par de minutos de ensimismamiento…Rotos por la música de los villancicos proveniente de los comercios de alrededor.

-¡Feliz Navidad! -. Oí al chico que pide bajo mi casa. La gente le saluda; estos días le dejarán mejores  propinas en la gorra.

-¡Feliz Navidad, chaval!-le digo-Después bajo un rato contigo. Me observa como quién mira a un extraterrestre descendiendo por una colina.

Me siento y sobre la mesa está el portátil. Lo abro y me digo: «Narra un Cuento de Navidad, pero que no sea ni ñoño ni reivindicativo. No caigas en tópicos¨.

Y terminé justo aquí.

Ángel J. García

www.angeljgarcia.com