Els pseudosindicats / Opinió: Víctor Filgueira i Carles Gimeno

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Nos va la vida en ello

Después del estallido de la revolución industrial, las pésimas condiciones laborales que se daban en las fábricas y talleres empujaron a los trabajadores a reunirse para canalizar sus necesidades, intereses y demandas básicas sabedores de que cualquier reivindicación individual no gozaba de la fuerza que otorga el colectivo.

Así, de esas reuniones y de esa convicción nacieron los primeros sindicatos, y estos sindicatos, con el tiempo, fueron tomando conciencia de clase, es decir, que sus reivindicaciones debían plantearse desde el estrato social de clase obrera, sin separaciones por sectores o por territorios, puesto que la unidad de grupo era (y sigue siendo) el mayor elemento de poder ante la desigual lucha de clases.

Tal fue el éxito de estas formas de funcionamiento y tales las mejoras sociales, legales y laborales derivadas de éstas para los trabajadores, que pronto los empresarios (todavía no existían las multinacionales) se pusieron manos a la obra en busca de medidas disolutivas de este movimiento obrero. Así, a finales del siglo XIX y principios del XX, algunos empresarios empezaron a copiar el modelo desactivador que se había puesto en marcha en las minas de Saona y Loira, en Francia. Este modelo era sencillo: en vez de enfrentar al empresario con los trabajadores, buscaban a trabajadores que estuvieran dispuestos a venderse a cambio de promesas, como mejoras de su puesto de trabajo o salariales.

Una vez tenían este grupo de personas bajo su control lo empoderaban con pequeños gestos que, por supuesto, nunca tenían el alcance de las reivindicaciones sindicales, pero que conseguían fácilmente y sin disputas sociales, ya que normalmente estos logros ya estaban de antemano concedidos en la conciencia del empresario como pago por la repercusión desestabilizadora que suponía para los sindicatos.

Así nacieron los sindicatos amarillos y así siguen ejerciendo más de un siglo después, lo cual significa que no en pocos desencuentros de intereses entre trabajadores y empresas han tenido su efecto de desmovilizar a la masa trabajadora, dejándola desprovista así de su mayor herramienta de presión; la unidad. La evidencia, pues, está clara. Detrás de estos pseudosindicatos siempre están las manos que mueven sus hilos, y no son precisamente trabajadores, sino empresarios, multinacionales, grupos económicos, etc. que piensan que los derechos de los trabajadores no son una inversión sino, más bien, un gasto perjudicial para su negocio, y por tanto, prescindible.

Estos pseudosindicatos perniciosos algunas veces también proceden de la estructura que ya poseen algunos partidos, normalmente de ideología de derechas e incluso alguno de ultraderecha o fascista. Se convierten así en el brazo ideológico del empresario o de la multinacional dentro de los órganos de representación -legalmente establecidos- de los trabajadores, con el fin de crear confusión, desestabilizarlos y separarlos, minimizando así su capacidad de defensa de los derechos laborales.

Lamentablemente, esta semana hemos recibido la visita de uno de estos sindicatos amarillos en el polígono industrial de Alzira donde se ubican las empresas Amcor y MMPI, las dos empresas que han ocupado históricamente el liderazgo en cuanto a derechos de los trabajadores en la comarca, y aunque es lícito que cualquier persona pueda ejercer su derecho de expresión, también es conveniente recordar que todo derecho implica también una obligación; la obligación de decir la verdad y, sobretodo, de no perseguir intereses personales o políticos en detrimento de los intereses y los derechos del colectivo.

Pero también los trabajadores tenemos alguna obligación de respuesta cuando observamos que alguien intenta menoscabar nuestros derechos. Por ejemplo, a contrastar aquella información que nos hagan llegar, a indagar sobre qué ideologías mueven los intereses de estos sindicatos amarillos, a recordar en qué forma estos movimientos han influido en la historia de nuestro país y cuáles fueron las repercusiones, etc. Pero, sobre todo, tenemos la obligación de hacernos una pregunta muy fácil de responder: ¿queremos una representación sindical para defender nuestros derechos que esté dirigida por el empresario o queremos una representación sindical formada únicamente por trabajadores? Esa es la gran pregunta. Hasta ahora, los trabajadores de nuestras empresas siempre han optado por la segunda opción, pero la historia nunca es inmóvil e incluso muchas veces, si no estamos atentos a la realidad, se repite con todos sus errores y desgracias. No dejemos que los mecanismos de representación sindical que tanto esfuerzo nos ha costado se vean invadidos por los intereses personalistas de unos pocos. Nos va la vida en ello.

 

Víctor Filgueira (Secretario del Comité de Empresa de MMPI)

Carles Gimeno (Presidente del Comité de Empresa de MMPI)