Gestionar el dol i les pèrdues / Àngel J. Garcia

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El duelo

La muerte y pérdida de un ser querido es un hecho que deriva en un proceso durísimo, por el que todos hemos pasado, o pasaremos en algún momento.

La palabra Duelo deviene del latín antiguo, y coexisten dos etimologías: La primera, dôlus, indica dolor; la segunda, duellum, significa ¨combate entre dos¨ y ¨desafío y guerra¨. Así pues, la misma palabra nos indica que el dolor y el combate interno forman el núcleo en la elaboración de un proceso de duelo.

No todas las personas contamos con los mismos recursos para hacerle frente. En algunas ocasiones, el dolor se eterniza, complicando este duro proceso de duelo, y este se cronifica convirtiéndose en un serio problema. Estimaciones tras diversos estudios, señalan que esto ocurre entre el 10-20% de las veces que se atraviesa un duelo. Para estos casos existen diferentes técnicas contrastadas también con distintos estudios.

La finalidad del artículo es tratar de acercar algunas técnicas, que colaboren junto a otros apoyos, en el alivio del proceso de duelo.

 

Duelo normal y duelo patológico

Coexisten dos tipos de duelo:

El duelo normal, que es un conjunto de reacciones a nivel físico, emocional y social, que se desencadena tras una pérdida significativa. La pérdida no solo es el fallecimiento de un ser querido, ya que se extiende desde la separación de un objeto, o sujeto, relacionado emocionalmente a nosotros (separación matrimonial, abandono de una etapa de desarrollo, despido laboral, etc.), hasta la muerte de un familiar.

Los síntomas oscilan en nivel de intensidad y duración; en algunos casos llegan a prolongarse durante toda la vida. En estos casos, la pérdida lógica se supone que es la de una persona, que aunque siendo una reacción negativa, si es más común que un recuerdo de algo perdido que se nos vuelve patológico tras un abandono de objeto o sujeto. En cualquier caso, se trata de una reacción adaptativa.

El duelo, la tristeza y la ansiedad son los sentimientos más comunes, en ese mismo orden, además del miedo a la soledad. También aparecen sentimientos de culpa, y disminuye el interés por todo lo que rodea a la persona. Lo normal es que estos síntomas vayan desapareciendo en un plazo que oscila entre los seis meses y el año. No obstante, cada persona vive el duelo de una forma y no cabe interpretarlo como algo cerrado en tiempo y sentimientos.

Cuando las reacciones emocionales son mucho más intensas, dificultan seguir con la vida diaria y duran más de un año, podemos hablar de duelo patológico. En estos casos también aparecen síntomas muy poco habituales, como pueden ser las alucinaciones (visiones o voces del fallecido) o las ideas suicidas. Este proceso suele complicarse, además, por otras conductas como el aislamiento social, desadaptación, pérdida de interés por la vida, el descuido personal o el consumo de sustancias. Es en este caso cuando es conveniente plantearnos acudir a la terapia de duelo para que los profesionales nos ayuden.

La terapia de duelo: estrategias terapéuticas

En el tratamiento del duelo patológico se utilizan tanto terapias individuales como terapias en grupo. Incluso la combinación de ambas para potenciar los recursos individuales de cada persona, pero ofreciendo el apoyo social que necesita para acabar con su aislamiento.

El propósito de la terapia de duelo no será jamás, olvidar al fallecido, sino trasformar el proceso para que el recuerdo de la persona no suponga un bloqueo.

Los objetivos fundamentales de esta terapia serían los siguientes:

-Facilitar la expresión de sentimientos y experiencias en relación con la persona fallecida. Guardar silencio dificulta la superación de la muerte.

-Dialogar sobre las circunstancias que llevaron a la muerte. Dependiendo del tipo de muerte, el duelo se vuelve más doloroso (Suicidio, accidente, enfermedad, pandemia, etc.). Hablar sobre ello facilitará la asimilación y la aceptación.

-Centrar la terapia en la solución de problemas cotidianos y rutinarios. A través de pequeños pasos, se consiguen resultados.

-Proyectar a la persona que sobrevive, hacia el futuro, haciendo que gradualmente vuelva a incorporar actividades gratificantes a su quehacer diario. Esto hará que sepa que, a pesar de todo, todavía hay cosas que pueden hacerle sentir bien.

 

Y… ¿Qué hacer?

Perder a alguien a quien hemos querido mucho pone en marcha un proceso interno en el que, a través de un camino sembrado de dolor, en el cual, debemos aprender a vivir con lo ausente, debemos ir reconstruyendo lo que se nos ha roto por dentro; debemos reconstruir todo lo que se ha roto fuera, y hemos de hacerlo sin planos ni planes; sin objetivos fijos y claro, sin recetas, sin saber lo que emergerá de nosotros o nosotras y del ecosistema que nos rodea. Únicamente atravesando lentamente, y con mucho esfuerzo, este sendero complicado y tortuoso, desconocido y solitario, saldremos con la fuerza del recuerdo hacia ese ser querido, hacia agradecerle aunque ya no esté, cada uno de los momentos que compartimos juntos. Cuando esto último no produzca dolor, sabremos que estamos conectados y curados.

 

Orientación para ayudar a que la persona doliente, sufra menos:

-Estar ahí, cerca, y ayudar a que la persona acepte la pérdida. Hablando de lo que ya no está.

-Poner nombre a los sentimientos juntos. Identificando, expresando y manejando los sentimientos relacionados con la pérdida (rabia, culpa, ansiedad, etc.).

-Facilitar la resolución de problemas prácticos suscitados por la falta de lo perdido.

-Facilitar una despedida amable con uno mismo, y la posibilidad de encontrar satisfacciones, y sentidos nuevos a la vida.

-Ayudar a vivir sin la persona fallecida (o sin la pérdida del objeto, o del sujeto).

-Fomentar la independencia, y a establecer relaciones nuevas.

-Provocar el apoyo e interrelación con diversos grupos sociales.

–Enfocar el duelo en situaciones especiales como puedan ser los cumpleaños, los aniversarios, navidades, fiestas, etc.

-Normalizar la tristeza. Saber que se ha de pasar, entender que es lo apropiado y que nos hace humanos.

-Apoyar de forma continua e incondicional, sin límites de tiempo.

-Ayudar y explicar a la persona que su comportamiento es normal, y que su estilo de duelo sea el libremente elegido.

-Respetar su silencio.

-Escuchar, comprender, apoyar, acompañar, y fomentar la esperanza, la fortaleza, y lo mucho que nos ha aportado, la persona que ya no está pero, que permanece en nuestro recuerdo, en nuestro interior, y en la construcción de nosotros mismos.

-Y lo más importante que te diré: No juzgues la expresión de las emociones, empatiza, no des consejos, no preguntes ¨por qué¨, no tomes la responsabilidad del problema del doliente, no quieras interpretar, procura que se centre en el aquí y el ahora, permite que hable lo que quiera, o lo que pueda.

 

Indicadores de recuperación tras el duelo patológico

-La persona ha recobrado las constantes biológicas en relación al apetito y el sueño.

-Reaparece la expresión verbal de los sentimientos y las expresiones afectivas como las sonrisas o los abrazos.

-El sujeto ya se implica en conductas gratificantes, reanuda su vida social e incluso participa en actividades de voluntariado para ayudar a otros.

-El recuerdo del fallecido ya se integra como parte de la historia personal sin desencadenar excesivas emociones negativas. Se evocan experiencias positivas vividas con la persona que ya no está.

-Se disfruta de la vida cotidiana y se establecen metas futuras.

 

Consideraciones finales

En definitiva, el duelo es un proceso normal que requiere de una elaboración personal nada fácil de realizar. En cualquier caso, conocer el duelo patológico y algunas de las soluciones terapéuticas nos puede ayudar a identificar y afrontar el último adiós, además de motivarnos a buscar la ayuda de un profesional en el caso de necesitarla.

Sin aceptación, no hay duelo que cure.

La pena, la tristeza, el llanto, aunque duros, serán pasajeros. No existe duelo que cure si no se acepta lo que ha ocurrido. La muerte de un familiar, la ruptura con la pareja… Superarlo es imposible sin aceptación. La pena, la tristeza, el llanto, aunque duros, serán pasajeros.

Por eso, aunque no soy dado a consejos, si os digo que lo mejor es tratar a tus personas queridas, y a la gente en general que te merezca un aprecio recíproco, como si fuese una porcelana preciosa, única, especial, e irrepetible.

Replanteémonos esto último, e intentemos demostrarlo en vida.

 

Ángel J. García

Graduado en Educación Social y Pedagogía (UNED)

Máster en Neuropsicología Clínica y Neuropatologías (UIA)

Máster en Coaching, Inteligencia Emocional, y Programación Neurolingüística (UEMC)

Técnico Especialista en Psiquiatría (UEMC)

Experto en Inteligencia Emocional y Social,  y en Diagnóstico y Desarrollo de la Alta Capacidad Intelectual (UNED)

angelog24@hotmail.com Móvil: 666403902.

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