«Mala Fe» / Opinió: José Antonio Martínez

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Siempre me ha parecido muy ilustrativo el concepto de “mala fe” de Sartre a la hora de explicar muchos comportamientos humanos y determinadas formas de ser y relacionarse con el mundo.  Es la manera que tenemos de rehuir nuestra libertad y nuestra responsabilidad viviendo en la mentira. La “mala fe” es una forma de mentira. Pero mientras que en esta somos conscientes al engañar a los demás, con la “mala fe” nos engañamos a nosotros mismos sin ser conscientes de ello. La voluntad de no enfrentarnos a lo desagradable e inasumible nos lleva a enmascarar la realidad para poder vivir así más confortablemente.

Estamos viviendo en Europa –y en todo el mundo- la época más dramática desde las últimas guerras, hace ya ochenta años. La pandemia ha provocado una situación terrible en la que los muertos se cuentan por miles diarios y contra la que los gobiernos han aplicado medidas más o menos suaves, más o menos contundentes, dependiendo exclusivamente de la saturación de los hospitales y del resto del sistema sanitario. Mientras, los ciudadanos que los sustentan no han presionado lo necesario para cortar esta inasumible sangría de seres humanos.

Las razones están cada vez más claras: impedir el hundimiento de la economía, proteger nuestra salud mental después de tantas restricciones y poder seguir gozando de nuestras pequeñas frivolidades (acudir a tiendas y centros comerciales, tomarnos tapas y cervezas en nuestros bares, disfrutar de la rica gastronomía de los restaurantes, viajar, divertirnos…)

También sabemos desde el principio que las personas mayores son las más vulnerables a este coronavirus. Algunas estadísticas apuntan a que el 80 % de los fallecidos han sido personas mayores de 70 años en España. Médicos sin Fronteras afirma que entre marzo y junio murieron 27.359 en residencias. La sangría que ha provocado –y que sigue provocando- la Covid-19 en este sector de la población es sobrecogedora. Pero, sinceramente, ¿de verdad nos sobrecoge? ¿Hasta qué punto? No me refiero a los familiares de los fallecidos, pues estoy convencido de que estarán muy afectados. Me refiero al conjunto de la sociedad. ¿Estamos realmente impactados? ¿Cuánto nos dura? ¿Qué hacemos al respecto? ¿Lo que los presidentes autonómicos, que, en sus discursos de Navidad, les han dedicado un recuerdo de lo más afectuoso?

Los virus no siempre se han ensañado con los mayores. El de la gripe común afecta en gran medida a los niños, si bien es una enfermedad hasta cierto punto controlada. Lo mismo que el sarampión. La gripe de 1918, la llamada “gripe española” atacaba especialmente a jóvenes y adultos sanos.

Es por eso que, desde hace tiempo, me reconcomen varias preguntas: ¿qué hubiera ocurrido si, en esta pandemia, la muerte no se hubiera cebado en los ancianos y lo hubiera hecho en los jóvenes? ¿Hubiéramos actuado igual? ¿Se hubieran comportado tantos de ellos con la misma irresponsabilidad? ¿Y si las víctimas hubieran sido mayoritariamente niños? ¿La sociedad hubiera permitido tanta laxitud? ¿Hubiéramos presionado a los políticos con la misma intensidad para que se dejaran de monsergas y excusas y se preocuparan primero y principalmente de la salud, impidiendo así tantos muertos?

Tengo una secuencia grabada en mi mente de una serie que me encanta, The Crown. En ella, Margaret Thatcher (¡La Dama de hierro!), caracterizada por su inflexibilidad y su dureza a la hora de tomar decisiones, no logra centrarse cuando sus asesores le están informando de los graves sucesos de las Malvinas, que han sido tomadas por tropas argentinas, y sugiriéndole evitar el conflicto armado y solucionarlo diplomáticamente.

Previamente se ha mostrado frágil y desorientada. La razón: el coche que copilota su hijo, participante en el rally Paris-Dakar, lleva varios días perdido en el desierto del Sahara. De repente, su rabia y su dolor al entender que no se está haciendo lo suficiente le llevan a exigir que hay que hacer algo respecto a las Malvinas. “¡Tenemos que movernos!”, grita muy afectada pensando en su hijo. Acaba de optar por la guerra entre el Reino Unido y Argentina.

Todos tenemos claro lo que representan los hijos para sus padres. Pero esta secuencia me parece una magnífica imagen icónica de esa relación. Por muy fuertes, honestos y racionales que sean, los progenitores son capaces de hacer cualquier cosa por sus hijos y de cometer cualquier desatino. ¿Son –somos- igual de decididos y reivindicativos por nuestros abuelos?

Nos hemos escandalizado con el presidente brasileño, Bolsonaro, cuando lo hemos visto justificar su inacción alegando que lamenta los muertos, pero que  todos nos vamos a morir y que no sirve huir de eso, huir de la realidad. Le faltó decir que esa ley de vida afecta sobre todo a los viejos, y que, por lo tanto, no hay por qué preocuparse.

Nuestras máscaras, creadas por nuestra “mala fe”, se indignan y se rebelan contra esta inhumana concepción de las personas y contra esta manera de concebir la lucha contra el coronavirus. La misma de Donald Trump, por cierto. Los tildamos de egoístas, individualistas, insensibles al dolor humano, liberales radicales, capitalistas extremos… Y nos conforta saber que nosotros no somos como estos malvados, aunque en realidad no estemos haciendo lo necesario para impedir tanta desolación.

Yo no sé los demás, pero, cuando logro traspasar mi máscara y observo mi verdadero rostro, confieso que me aterroriza lo que veo: mi cara es la viva imagen de ellos.

José Antonio Martínez