Ara que no hi han eleccions / Opinió: Víctor Filgueira

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Víctor Filgueira

Aunque pensamos que está llena de variables y de posibilidades combinatorias interminables, lo cierto es que la mente humana obedece únicamente a dos patrones diferentes de pensamiento social, de los cuales, eso sí, pueden partir matices dependiendo de la situación geográfica, cultural, histórica y de contexto que vehicule al individuo.

Esos dos grandes rasgos de pensamiento que determinan finalmente la forma de la sociedad y cómo la construimos serían: por un lado, el individuo personalista, que cree en un escalafón social diferenciador ya que en sus parámetros de justicia se explica que cada cual debe posicionarse dentro de la escala social en base a sus méritos y capacidades individuales. Es decir, un patrón en el que prima la individualidad y la competencia. Y por otro lado, está el individuo generalista, que no cree tanto en la capacidad del individuo como en el esfuerzo común, que piensa que cooperar es la mejor fórmula para que no haya grandes desigualdades sociales y que, por lo tanto, tiene una idea de justicia más igualitaria y basada en sistemas solidarios. Es decir, un patrón en el que prima la visión colectiva y de equidad.

Obviamente, estamos hablando de los dos grandes troncos en la forma del pensamiento social del ser humano, y aunque pueden estar llenos de matices, muy pocas veces pueden ser camuflados en cada uno de nuestros comportamientos; detrás de cada acto, de cada respuesta emitida, de cada decisión, está nuestra postura ideológica, nuestra balanza interna en la que medimos si esta acción o aquella otra es la que se ajusta a nuestro patrón subjetivo de justicia.

En los últimos tiempos, hemos podido observar cómo ha cobrado peso en el pensamiento y comportamiento humano la posición de neutralidad, como si en mitad de las dos grandes visiones troncales se encontrara la verdad, lo justo, lo correcto. Por ejemplo, en el ámbito político hemos visto cómo la moderación era aprehendida por el electorado y aquellos partidos que pretendían traer aires de modernidad rehuían proclamarse de izquierdas o de derechas, prefiriendo hablar de arriba y abajo unos, o de centro moderado y liberal otros, sabedores del peligro que implica moverse por un mundo nuevo que tiende a etiquetarlo todo, y por ello, con el consiguiente peligro de ser marcado como radical, cuando en realidad, esa es la única forma de proceder en política (en la de verdad, digo). Lo curioso es que en el fondo, todos sabíamos que los primeros eran de izquierdas y los segundos de derechas.

También en el ámbito del periodismo nos hemos acostumbrado, y también como lectores o consumidores de información, a una forma facilona de mostrar el mundo y lo que en él pasa, los unos con una débil concepción del derecho a la libertad de expresión, olvidándose de la parte de ese derecho que implica la obligación de tener que denunciar los abusos por parte del poder, en la forma que sea; y los otros, dejando que nos informe nuestro vecino de turno que tiene un primo que juega al pádel todos los miércoles con una persona muy formada que a veces le cuenta cosas, que normalmente viene a ser vocero del tertuliano dramático asalariado de grandes corporaciones e intereses comerciales de variada y cuestionable moral.

Cuando explico estas cosas entre mis amigos o familiares y llego a este punto, siempre hay alguien que salta como si tuviera un resorte en el asiento para desdecirme: pues estás equivocado, porque yo leo el periódico todos los días, y estoy informado. Ante tal demostración de capacidad para informarse, solo puedo bajar la cabeza y pedir perdón por mi atrevimiento. De todos modos, siempre tengo un par de segundos para responderle, cabizbajo y avergonzado, que espero que al menos se informe en aquellos medios serios y que todavía ejercen muy dignamente esa profesión tan necesaria para cualquier sociedad democrática como es el periodismo, y no en aquellos otros que han hecho de la neutralidad su modelo de hacer profesión y de hacer suya eso que llamamos equidistancia, es decir, posicionarse en mitad de la verdad y de la mentira como si de dos polos igual de imprescindibles se tratara y tuvieran ambos el mismo derecho de ser atendidos. O sea, algo como dejar que el amigo del primo del vecino que juega a pádel nos informara, pero que ahora es un profesional asalariado de la comunicación.

Es más, quizás esa neutralidad o equidistancia no sea exclusiva de la política o del periodismo (entiéndase, cierta política y cierto periodismo), sino también del ciudadano de a pie, de los trabajadores por cuenta ajena o propia, incluso de aquellos que en el campo, la fábrica, el taller o la oficina se desentienden del problema de abuso de poder que sufre el compañero que tienen al lado, o los que pretenden que las huelgas las hagan los demás para luego eso sí – recoger sus frutos, ni qué decir de aquellos que por incapacidad de conseguir mejoras en su puesto de trabajo reclaman sin pudor que los demás trabajadores pierdan sus “privilegios”.

Pero no me refiero a ese catetismo que aún hoy sigue impregnando con sus representantes ilusos cada lugar donde se concentra un grupo de personas, sino a la forma sutil con que se ha ido colando en nuestro comportamiento la primera de las formas de pensamiento que explicábamos al principio, y que conduce a no ver a la persona que aplica la equidistancia como alguien egoísta, sino como un superviviente al que quieren emular los que todavía son náufragos, y a su vez, a aquel que promulga un acercamiento solidario para con el degradado se le tilda de rojo, revolucionario o, peor aún, de radical.

Pertenezcamos a un tronco filosófico o a otro, seguimos creyendo que es un hecho atribuible únicamente a conceptos sociales, históricos y contextuales, mientras que en realidad, la génesis se encuentra en el factor psicológico. Quizás por eso, en vez de analizar los principios fundamentales de la izquierda y de la derecha, nos dediquemos a abrir debates estériles sobre qué cosas indignas o reconfortantes han hecho los hombres a lo largo de la historia en nombre de esas ideologías. A menudo, el poder desgasta tanto a nivel interno que, el ego, con el paso del tiempo, puede ser rasgado o malherido y se revuelve con todo su sistema limfático como un órgano atacado por un virus, pero el que esa persona haga barbaridades envuelta en una bandera no significa que lo que representa esa bandera sea una barbarie.

Aunque eso sí, tampoco hay que dejar que nos embargue cierta equidistancia y nos mantengamos con cierta neutralidad ante cualquier ideología – respete o no los más elementales derechos humanos –  bajo el paraguas de que todos tienen derecho a expresarse libremente. No hay que olvidar que la libertad es el territorio con las fronteras más duras, ya que la invasión o solapación de dos libertades significa el conflicto, la guerra. O dicho de forma más radical, no se puede reclamar el derecho a poder ejercer el mal sobre otro porque se está invadiendo el derecho de éste a no ser agredido.

Igual que cuando queremos diseñar un método de estudio que nos ayude a aprobar los exámenes primero debemos reconocernos como búhos o como alondras porque ese es el aspecto primordial que desencadenará el resto del propósito, también debemos reconocernos en qué tronco de pensamiento estamos ubicados cuando acudamos a las urnas, y preguntémonos qué modelo de sociedad preferiríamos. Una solidaria o una competitiva; un reparto equitativo o una acumulación de riqueza para algunos; una intervención del estado a través de los servicios públicos que favorezcan el alcance a la mayoría de la población o una mayor liberación para que se conviertan en negocios de unos pocos.

Llegados a este punto, sepamos que hay tres segmentos entre la población votante: el de izquierdas, el de derechas y el indeciso. Éste último es el segmento mayoritario, por lo tanto, el que contiene el poder decisorio en cuanto a qué tipo de políticas nos gobernarán. Y luego, otro aspecto interesante. La mayoría de los indecisos no son indecisos, sino personas desinteresadas de la política, desafectadas por diferentes motivos y causas, personas que todavía no reconocen a qué grupo pertenecen. Así pues, qué tipo de sociedad construiremos depende en mayor parte de personas que todavía no han despejado su interrogante propio, con lo que cobra más importancia que nunca hacer ese análisis interno, puesto que de lo contrario, el poder decisorio de la mayoría muy probablemente estará sujeto al antojo circunstancial de última hora. Todo lo contrario a la participación democrática.

Tal vez cuando ese estudio interior nos de la respuesta sobre si somos búhos o alondras, si somos partidarios del esfuerzo colectivo o del sálvese quien pueda, si preferimos participar del convenio   de una información veraz o al vecino que opina sin responsabilidad alguna, si queremos ser de los que se suben a la mesa cuando despiden al profesor o de los que agachan la cabeza para mantenerse en la comodidad del anonimato, si somos más humanistas o más materialistas. En definitiva, si somos más de izquierdas o más de derechas. Entonces, podremos decir que hemos dado el primer paso hacia el cumplimiento con nuestra obligación de ser responsables con nosotros mismos y con los demás.

Si después de todo ese autoreconocimiento ya sabemos cuál de las dos fuerzas nos domina, habremos avanzado mucho. Sólo nos quedará saber que la mayor parte de las propuestas que componen cada una de las iniciativas programáticas de cada partido político van a ser incumplidas. Pero si hemos votado en correspondencia con nuestro modelo de pensamiento, estaremos en mayor disposición de exigir lo exigible y de perdonar lo perdonable. Eso sí, ahora que todavía no hay elecciones es cuando deberíamos ponernos manos a la obra y hacernos pequeños exámenes en el día a día, no vaya a ser que suspendamos a última hora y volvamos a culpar a otros de nuestras bajas calificaciones.

Víctor Filgueira