La caòtica aplicació de les normes anti Covid-19 / Opinió: Salvador Peris

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Salvador Peris

Economia en tiempos del coronavirus

La avalancha de medidas económicas que pretenden paliar los efectos que en la economía está ocasionando la pandemia del coronavirus, aunque reconociendo que la intencionalidad es buena, la aplicación práctica de las normas publicadas es cuanto menos caótica.

Que la situación que estamos viviendo no tiene precedentes en el último siglo es cierto, pero, por eso mismo por ser extraordinaria, las medidas que se deben de tomar deben de ser también extraordinarias.

La normativa pretende favorecer a los sectores y personas afectadas, como no puede ser de otro modo, pero siempre con la visión de impedir el aprovechamiento fraudulento por algunas partes. Esta visión indica una cierta cortedad de miras. Para que alguien no se beneficie se ponen una cantidad de controles apriorísticos que perjudican a la mayoría.

Es insufrible la cantidad de trámites que hay que realizar para optar a las ayudas para los autónomos o para las Pymes, para formalizar un ERTE, para optar a un crédito avalado, etc…  Se publican medidas, pero la aplicación de lo publicado ….

Hay ocasiones en la vida en la que lo importante no es el dinero y aquí nos encontramos en esas ocasiones donde si hay que utilizar la idea de Milton Friedman del helicóptero cargado de dinero para repartirlo entre la población, pues hay que hacerlo.

Siempre hay quien dirá que ¿de dónde se va sacar ese dinero?. Quien se lo pregunta piensa que el dinero es una mercancía que circula, que se compra y se vende, como los tomates o los coches, y el dinero no es solamente eso. El dinero es un medio aceptado de pago y se basa en la confianza en el emisor del mismo, no deja de ser un pagaré, la característica del dinero es su papel fiduciario. Todos admitimos un billete porque sabemos que detrás hay alguien que lo respalda y que nos lo admitirá para el pago de los servicios que nos presta a todos, ese alguien es el Estado en su papel de emisor y garante.

Por lo tanto, el dinero es un medio de pago que se basa en la confianza.

El Estado puede crear todo el dinero que necesite y cubrir las necesidades que la situación actual ha generado, sin necesidad de acudir al endeudamiento ni a la recaudación impositiva. Que esto no es lo que figura en los manuales de la ortodoxia económica que nos domina, es cierto, pero es lo que hacen países como Estados Unidos en esta situación.  El problema que tenemos en España es que nuestra moneda es el Euro y no depende de nosotros.

Algunas medidas sencillas y efectivas que se hubieran podido tomar:

1.- Condonar el pago de la cuota de la seguridad social de todos los autónomos (RETA) mientras dure el estado de alarma. Repito de todos.

2.- Condonar las cuotas de la seguridad social a cargo de las empresas mientras dure el estado de alarma.  A todas las empresas.  La cuota obrera sí que tendría que abonarse, pero de forma aplazada.

3.- No se aplica ningún ERTE.  El salario de los trabajadores sigue a cargo de las empresas, siendo abonado a las empresas por el Estado durante el periodo de alarma, bien mediante un abono en cuenta o bien mediante descuento en los pagos a realizar por el empresario (seguridad social o impuestos).

4.- Para que la recuperación sea rápida una línea de crédito especial, de fácil tramitación, que procure a las empresas y particulares afectados la liquidez suficiente para reiniciar la actividad productiva. En su día aquí lo vimos (la pantanada) con los créditos del Banco de Crédito Industrial o Banco Hipotecario, claro que eran bancos públicos, ¡quien los tuviera ahora!.

Solo son algunos apuntes, pero lo que trato de trasladar es que en casos como el actual hay que actuar con rapidez, pero también facilitando al máximo las cosas a los afectados que en este caso somos todos.

Que hay personas que en épocas difíciles obtienen algún provecho ha pasado siempre, en las guerras y en las catástrofes, pero la Administración dispone de años para revisar y sancionar aquellas conductas que hayan sido improcedentes, pero no castiguemos a la mayoría pensando en prevenirlas.

Salvador Peris / Economista