El capitalismo según Piketty / Opinión: Andrew Hussey

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‘El capital en el siglo XXI’ pone en entredicho el mito de que el
capitalismo mejora la vida de todos | «He querido dirigir el libro al
lector general, con información bien clara para todo aquel que quiera
leerlo»

Andrew Hussey

Una de las consignas del movimiento del 15-M fue que «el capitalismo
no funciona». Ahora, en una obra excepcional e innovadora (‘El capital
en el siglo XXI’), el economista francés Thomas Piketty explica por
qué eso es cierto, y sus tesis han suscitado un debate internacional.
Nos encontramos con Piketty en su facultad parisina y analizamos a
fondo el que ya puede decirse que es el libro del año 2014

La Escuela de Economía de París está situada en una parte muy poco
parisina de la ciudad. Se encuentra en el bulevar Jourdan, en el
extremo inferior del 14e arrondissement, junto al parque Montsouris. A
diferencia de lo que ocurre en la mayoría de jardines franceses, ese
parque exhibe una absoluta falta de rigor cartesiano; en realidad, con
su lago, sus espacios abiertos y sus entrometidos y golosos patos, muy
bien podría estar situado en cualquier ciudad británica. En cambio, el
pequeño campus de la Escuela de Economía de París se parece
inconfundible y reconfortantemente al de casi todos los campus
universitarios franceses. Es decir, que es gris, monótono,
destartalado y con pasillos que huelen vagamente a col. Es ahí donde
he concertado una entrevista con el profesor Thomas Piketty, un tímido
joven francés (tiene cuarenta y pocos años) que ha pasado la mayor
parte de su carrera en archivos y recopilando datos, pero que está a
punto de convertirse en el pensador más importante de su generación;
un pensador independiente y un demócrata -según lo definió el profesor
de Yale Jacob Hacker- que se ha convertido nada menos que en «un
Alexis de Tocqueville para el siglo XXI».

Y ello a causa de su última obra, titulada El capital en el siglo XXI.
Se trata de un libro voluminoso, de alrededor de un millar de páginas,
lleno de notas, gráficos y fórmulas matemáticas. A primera vista, su
aspecto es descaradamente académico, abrumador e incomprensible al
mismo tiempo. El caso es que, a lo largo de los últimos meses, el
libro ha desatado en Estados Unidos acalorados debates acerca de la
dinámica del capitalismo y, en especial, acerca del auge aparentemente
imparable de la minúscula élite que controla una porción cada vez
mayor de la riqueza del mundo. También ha suscitado polémicas acerca
del poder y el dinero en sitios web y blogs no especializados, y ha
puesto en entredicho el mito que constituye el núcleo mismo de la vida
estadounidense: que el capitalismo mejora la calidad de vida de todos.
No es exactamente así, afirma Piketty, quien lo demuestra de un modo
claro y riguroso echando por tierra todo aquello en lo cual creen los
capitalistas sobre la ética de ganar dinero.

El carácter innovador del libro ha sido reconocido en un largo
artículo publicado en The New Yorker, en el que se cita a Branko
Milanovic -antiguo economista jefe del Banco Mundial-, quien describe
el volumen de Piketty como «uno de los libros decisivos del
pensamiento económico». En la misma línea, un colaborador de The
Economist ha afirmado que la obra de Piketty ha reescrito doscientos
años de pensamiento económico sobre la desigualdad. De modo muy
resumido, las polémicas se han centrado en dos polos: el primero es la
tradición iniciada por Karl Marx, quien creyó que el capitalismo
acabaría autodestruyéndose en la interminable búsqueda de unos
rendimientos decrecientes. En el extremo opuesto del espectro se
encuentra la obra de Simon Kuznets, ganador del premio Nobel en 1971,
para quien la brecha de la desigualdad se reduce forzosamente a medida
que las economías evolucionan y se hacen más desarrolladas.

Según Piketty, ninguno de esos razonamientos se sostiene frente a las
pruebas que él ha acumulado. Es más, logra demostrar que no hay razón
para creer que el capitalismo sea capaz de resolver el problema de la
desigualdad; un problema, que, según insiste, lejos de mejorar,
empeora. De la crisis bancaria del 2008 al movimiento indignado del
2011, es algo que ya había sido intuido por la gente común. La
singular importancia de su libro es que demuestra de modo científico
que esa intuición es correcta. Por eso el libro ha traspasado los
círculos especializados, porque dice lo que muchas personas ya
piensan.

«He querido dirigir el libro al lector general», afirma Piketty al
inicio de nuestra conversación, «y, aunque es a todas luces un libro
susceptible de ser leído también por especialistas, mi objetivo era
que la información esté bien clara para todo el que quiera leerlo.» En
realidad, hay que decir que El capital en el siglo XXI es
sorprendentemente legible. Está repleto de anécdotas y referencias
literarias que iluminan toda la narración. En inglés, ha sido una gran
ayuda la ágil traducción de Arthur Goldhammer, un gran estilista
literario que se ha enfrentado a autores de la talla de Albert Camus.
No obstante, contemplando en las estanterías del despacho de Piketty
títulos tan fácilmente inductores de jaqueca como Principios de
microeconomía y La influencia política del keynesianismo, una persona
corriente como yo necesita alguna ayuda adicional. Así que le hice la
pregunta más evidente de todas: ¿cuál es la idea fundamental que
recorre todo el libro?

«Empecé investigando un problema muy concreto», dice en un inglés
teñido de un elegante acento francés. «Hace unos años me pregunté
dónde estaban los datos brutos que sostenían todas las teorías acerca
de la desigualdad, desde David Ricardo y Marx hasta los pensadores más
contemporáneos. Empecé buscando en Gran Bretaña y Estados Unidos y
descubrí que no había gran cosa. Y luego descubrí que los datos
existentes contradecían casi todas las teorías, incluidas las de
Ricardo y Marx. Cuando me puse a estudiar otros países, vi que
aparecía un patrón: que el capital, y el dinero producido por él, se
acumula más deprisa que el crecimiento en las sociedades capitalistas.
Y que ese patrón, observado en el siglo XIX, se hizo más predominante
a partir de la década de 1980, cuando se eliminaron los controles
sobre el capital en muchos países ricos.»

De modo que la tesis de Piketty, respaldada por una exhaustiva
investigación, es que la desigualdad económica del siglo XXI está en
aumento y se acelera a un ritmo peligroso. De entrada, este análisis
modifica el modo en que consideramos el pasado. Ya sabíamos que el
final del capitalismo predicho por Marx nunca se produjo; y que
incluso en el momento de la revolución rusa de 1917 ya estaban
subiendo los salarios del resto de Europa. También sabíamos que Rusia
era según todos los parámetros el país menos desarrollado de Europa y
que por esa razón arraigó allí el comunismo. Sin embargo, Piketty
añade que fueron las diversas crisis del siglo XX (principalmente, dos
guerras mundiales) las que impidieron el crecimiento continuado de la
riqueza nivelando temporal y artificialmente la desigualdad. En contra
de nuestra percepción del siglo XX como una época en la que disminuyó
la desigualdad, lo cierto es que en términos reales no dejó de crecer.

En el siglo XXI, es así no sólo en los llamados países ricos (Estados
Unidos, Gran Bretaña y Europa occidental), sino también en Rusia,
China y otros países en fase emergente de desarrollo. Existe un
peligro real de que si no se detiene el proceso la pobreza aumente al
mismo ritmo; y, según Piketty, muy bien puede resultar que el siglo
XXI sea un siglo con más desigualdad y, por lo tanto, más discordia
social que el siglo XIX.

Cuando me explica sus ideas con fórmulas y teoremas, todo me suena
demasiado técnico (tuve problemas con las matemáticas en la escuela
primaria). Sin embargo, siguiendo atentamente sus explicaciones (es un
buen maestro, muy paciente) y descomponiendo el análisis en pequeños
fragmentos, todo empieza a cobrar sentido. Piketty explica a su
principiante que la renta es un flujo, que se mueve y puede crecer
según el rendimiento. El capital es un patrimonio, su riqueza procede
de lo que se ha acumulado «a lo largo de todos los años anteriores
juntos». Es un poco como la diferencia entre tener un descubierto y
tener una hipoteca; y si uno no consigue ser dueño de la propia casa
nunca tendrá patrimonio alguno y siempre será pobre.

En otras palabras, lo que está diciendo en términos globales es que
quienes poseen capital y activos generadores de riqueza (como, por
ejemplo, un príncipe saudí) siempre serán más ricos que los
emprendedores que intentan conseguir capital. La tendencia del
capitalismo en este modelo concentra cada vez más riqueza en manos de
cada vez menos personas. ¿Acaso no lo sabíamos ya? ¿Que los ricos se
hacen más ricos y los pobres más pobres? ¿No cantaban acerca de eso
mismo los Clash y otros grupos en la década de los setenta?

«Bueno, en realidad, no lo sabíamos, aunque podíamos haberlo
sospechado», dice Piketty, animándose con el tema. «En primer lugar,
es la primera vez que hemos reunido datos que demuestran que eso es
así. En segundo lugar, es evidente que este movimiento, que está
adquiriendo velocidad, tendrá implicaciones políticas: todos seremos
más pobres en el futuro y eso es una situación que genera crisis. He
demostrado que en las actuales circunstancias el capitalismo no puede
funcionar.»

De modo interesante, Piketty afirma ser un anglófilo y, de hecho,
empezó su carrera investigadora con un estudio sobre el sistema del
impuesto sobre la renta inglés («uno de los mecanismos políticos más
importantes de la historia»). Sin embargo, también afirma que los
ingleses tienen una fe demasiado ciega en los mercados, que no siempre
comprenden. Debatimos la actual crisis de las universidades británicas
que, tras haber impuesto unas tasas de matrícula, ahora descubren que
carecen de liquidez porque el gobierno no calculó bien lo que tendrían
que pagar los estudiantes y no es capaz de asegurarse la devolución de
los préstamos concedidos para el pago las matrículas. Dicho en otras
palabras, el gobierno creyó que conseguía una fuente de ingresos
introduciendo tasas de matrícula y, en realidad, al no poder controlar
todas las variables del mercado, lo que hizo fue apostar con dinero
público y parece que va a perder de modo espectacular. Piketty dice
con una sonrisa: «Es el ejemplo perfecto de cómo provocar deuda en el
sector público. Algo increíble y difícil de concebir en Francia».

A pesar de su simpatía por Gran Bretaña y Estados Unidos, Piketty
confiesa que sólo se siente cómodo en Francia. El capital en el siglo
XXI contiene una multitud de referencias francesas (una figura clave
es el historiador François Furet); y Piketty admite que el panorama
político que mejor comprende es el francés. Creció en Clichy, en un
barrio principalmente de clase trabajadora. Sus padres eran militantes
de Lucha Obrera, un partido trotskista que aún goza de bastante
predicamento en Francia. Como muchos en aquellos años, decepcionados
por el fracaso de la casi revolución de Mayo del 68, se retiraron a
criar cabras cerca de Carcasona (la clásica trayectoria de muchos
progres de esa generación). Sin embargo, el joven Piketty estudió en
París y acabó obteniendo un doctorado en la Escuela de Economía de
Londres a los 22 años. Luego se fue al Instituto de Tecnología de
Massachusetts, donde destacó como profesor, y acabó regresando a París
y se convirtió en el primer director de la escuela en la que tiene
lugar la entrevista.

Su propio itinerario político empezó, me cuenta, con la caída del muro
de Berlín en 1989. Viajó a Europa oriental y quedó fascinado por las
ruinas del comunismo. Fue esa fascinación inicial la que lo llevó a
emprender una carrera como economista. También influyó en él la guerra
del Golfo de 1991. «Vi entonces que muchas malas decisiones eran
tomadas por los políticos porque no sabían de economía. Yo no soy
político. No es mi trabajo. Pero me encantaría que los políticos
leyeran mi obra y sacaran conclusiones de ella.»

La afirmación es un tanto equívoca, puesto que Piketty sí que trabajó
como consejero de Ségolène Royal en el 2007, cuando la dirigente
socialista fue candidata en las elecciones presidenciales. No fue una
etapa feliz para él, puesto que por esa misma época acabó entre
enconadas acusaciones mutuas su romance con la política y novelista
Aurélie Filippetti, otra seguidora de Royal. Se entiende que, tras
aquel turbio asunto, Piketty quiera distanciarse del fragor y las
trifulcas de la política diaria.

No importa, ¿Qué hemos aprendido? Que el capitalismo es malo. Muy
bien. ¿Cuál es la respuesta? ¿El socialismo? Es de esperar. «No es tan
sencillo», afirma, decepcionando a este antiguo adolescente marxista.
«Lo que defiendo es un impuesto progresivo, un impuesto global, basado
en la imposición a la propiedad privada. Es la única solución
civilizada. Las otras son, en mi opinión, mucho más bárbaras; y me
refiero al sistema oligárquico ruso, en el que no creo, y a la
inflación, que en realidad sólo es un impuesto sobre los pobres.»
Explica que la oligarquía, en especial el actual modelo ruso, no es
más que el gobierno de los muy ricos sobre la mayoría. Es un sistema
tiránico y que no se diferencia mucho de una forma de gangsterismo.
Añade que la inflación no suele afectar a los muy ricos, porque su
riqueza aumenta de todas formas; los pobres, en cambio, se llevan la
peor parte porque aumenta el coste de vida. Un impuesto progresivo
sobre la riqueza es la única solución sensata.

Sin embargo, aunque cuanto dice tiene sentido, y no sólo sentido sino
mucho sentido común, le comento que ningún partido político, de
derechas o de izquierdas, se atrevería a acudir en Gran Bretaña o
Estados Unidos a las urnas con unas propuestas tan idealistas.
François Hollande recibe hoy un rechazo generalizado no por sus
aventuras sexuales (que, en realidad, le valen una amplia admiración),
sino por el severo régimen impositivo que intenta imponer.

«Es verdad», dice Piketty. «Claro que es verdad. Pero también es
verdad, como mis colegas y yo hemos demostrado en este libro, que la
presente situación no puede sostenerse por mucho tiempo. No se trata
necesariamente de una visión apocalíptica. He hecho un diagnóstico de
situaciones pasadas y presentes, y creo que hay soluciones. Pero antes
de ponerlas en práctica, tenemos que comprender la situación. Cuando
empecé a recopilar datos, me quedé muy sorprendido de lo que
encontraba, que la desigualdad crece muy deprisa y que el capitalismo
no parece estar en condiciones de eliminarla. Muchos economistas
empiezan al revés, haciéndose preguntas acerca de la pobreza; pero lo
que yo quería comprender era de qué forma actúa la riqueza o la
superriqueza para aumentar la brecha de desigualdad. Y lo que
encontré, como decía, es que la velocidad a la que crece la brecha de
la desigualdad es cada vez mayor. Tiene uno que preguntarse qué
significa eso para la gente corriente, para los que no son
multimillonarios ni lo serán nunca. Bueno, creo que significa ante
todo un deterioro del bienestar económico colectivo; en otras
palabras, una degradación del sector público. Sólo hay que ver lo que
quiere hacer Obama (reducir la desigualdad en la asistencia sanitaria
y en otros ámbitos) y lo difícil que resulta conseguir eso para
comprender lo importante que es. Existe entre los capitalistas una
creencia fundamentalista según la cual el capital salvará el mundo y
no es así. No por lo que dijo Marx acerca de las contradicciones del
capitalismo, sino porque, como he descubierto, el capital es un fin en
sí mismo y nada más.»

Piketty pronuncia su charla, erudita y convincente, con pasión
tranquila. Es, da la impresión, un personaje un tanto tímido y
retraído, pero le encanta su tema y, en realidad, es un placer
encontrarse en medio de un seminario privado sobre el dinero y cómo
funciona. Es cierto que su libro es largo y complejo, pero sus
exposiciones acerca del modo cómo funciona el mundo capitalista son
comprensibles por todos los que viven en él (es decir, todos
nosotros). Una de las más penetrantes es la que se refiere al auge de
los directivos o superdirectivos, que no producen riqueza, sino que
obtienen de ella un salario. En realidad, sostiene Piketty, se trata
de una forma de robo, aunque ese no es el peor delito de los
superdirectivos. Mucho más perjudicial es el modo en que se han
embarcado en una competencia con los multimillonarios, cuya riqueza
-que se acelera más allá de la economía- será siempre inalcanzable.
Eso crea una carrera permanente en la que las víctimas son los
perdedores, es decir, la gente corriente que no aspira a semejante
posición o riqueza, pero que no obstante es despreciada por los
presidentes, vicepresidentes y otros lobos de Wall Street. En ese
apartado, Piketty hace trizas una de las grandes mentiras del siglo
XXI: que los superdirectivos se merecen sus sueldos porque, como los
futbolistas, poseen habilidades especializadas poseídas sólo por una
élite casi sobrehumana.

«Una de las grandes fuerzas divisivas que existen hoy -afirma-, es lo
que llamo el extremismo meritocrático. Es el conflicto entre
multimillonarios, cuya renta procede de la propiedad y los activos,
como en el caso de un príncipe saudí, y los superdirectivos. Ninguna
de esas dos categorías hace o produce nada salvo su propia riqueza; en
realidad, se trata de una superriqueza separada por completo de la
realidad cotidiana del mercado, que rige la vida de la mayoría de las
personas ordinarias. Peor aun, ambos grupos compiten entre sí para
incrementar su riqueza; y el peor de todos los escenarios es el modo
en que los superdirectivos, cuya renta se basa realmente en la
codicia, siguen subiéndose los sueldos al margen de la realidad del
mercado. Es lo que sucedió con los bancos en el 2008, por ejemplo».

Este es el tipo de pensamiento que hace tan atractiva y fascinante la
obra de Piketty. A diferencia de muchos economistas, insiste en que el
pensamiento económico no puede separarse de la historia o la política;
eso proporciona al libro un carácter, definido por el premio Nobel
estadounidense Paul Krugman, como «excepcional» y de «visión
panorámica». La influencia de Piketty está creciendo mucho más allá de
la reducida microsociedad de los economistas universitarios. En
Francia es cada día más conocido por sus comentarios sobre los asuntos
públicos, con artículos en Le Monde y Libération, sobre todo; y sus
ideas son debatidas con frecuencia por políticos de todas las
tendencias en programas de actualidad. De modo quizás más importante y
menos usual, su influencia está creciendo en las corrientes dominantes
de la política angloestadounidense (al parecer, su libro es uno de los
favoritos entre el círculo de Ed Miliband, líder del Partido Laborista
británico), un entorno tradicionalmente indiferente a los profesores
de economía franceses. A medida que aumenta la pobreza en todo el
planeta, todo el mundo está obligado a escuchar a Piketty con gran
atención. Sin embargo, aunque su diagnóstico es preciso y convincente,
resulta difícil, cuando no imposible, imaginar que la cura propuesta
(impuestos y más impuestos) pueda ponerse en práctica en un mundo
donde, desde Pekín hasta Washington pasando por Moscú, es el dinero y
sus mayores acumuladores quienes llevan la batuta.

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