Réquiem por Canal 9 / Salvador Enguix

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No conocía la obra, pero me pareció soberbia. La escuché en la noche de Halloween en la Catedral de Valencia, interpretada por el Orfeó Valencià Navarro Reverter y la Orquesta de Valencia. Es el Réquiem de Gabriel Fauré, una partitura que, a mi juicio, no se aleja mucho de la misa de difuntos de Mozart. El día anterior, miércoles, había publicado un post en mi blog de La Vanguardia Digital titulado “sobre RTVV” y anunciaba ya el posible cierre del ente público si la justicia anulaba el ERE que afectó a 1.000 trabajadores. Y pedía, clamaba, al president valenciano, Alberto Fabra, que fuera cual fuera el fallo hiciese todo lo posible por mantener un servicio público que, pese a la nefasta gestión de los últimos años, merece seguir existiendo, en beneficio de nuestra cultura, de nuestra lengua y de la vertebración del territorio. No les ocultaré que mientras escuchaba el Réquiem de Fouré volví a pensar en el futuro de nuestra Canal 9, y es hoy el día en el que escribo estas líneas momentos después de que se haya anunciado su cierre definitivo. De alguna manera, aquel momento fue tristemente premonitorio.

 

Gabriel FourePor desgracia los valencianos hemos escuchado muchos “Réquiem” en los últimos años. Fíjense sino en el caso de la desaparición de nuestro sistema financiero: Bancaixa, CAM y Banco de Valencia; un asunto que, pasado cierto tiempo, se observará aún con mayor nitidez, y con un mejor análisis de las terribles consecuencias, que muchos comienzan a sentir con no pocos lamentos. Ese fue un incuestionable fracaso de la clase política valenciana, y también de su sociedad civil, parte de la cual prefirió mirar hacia otro lado. Ahora, salvando las distancias, algo similar ha sucedido en Canal 9. Un ente que se ha usado, especialmente en los últimos años, bajo gobierno del PP, para el saqueo y para la realización de favores. Y con asuntos presuntamente delictivos como la gestión de los contratos de la visita del Papa Benedicto XVI u otros tan desagradables como ese caso del presunto abuso sexual de un directivo, Vicente Sanz, a periodistas de RTVV. Todo mezclado con una dirección de informativos propia de una república bananera, un endeudamiento insostenible de 1.300 millones de euros y una caída en picado de las audiencias. Si lo miramos con perspectiva, uno puede pensar que todo se ha hecho con el objetivo hoy logrado: cerrar Canal 9.

Nadie podrá cuestionarme mi continua defensa del ente público. Lo sigo creyendo. ¿Se creen ustedes que las televisiones privadas van a preocuparse, por ejemplo, de los hechos que suceden en nuestras comarcas, de nuestros equipos de fútbol, de la defensa diaria, y digo diaria, de nuestra cultura, de elaborar una programación continua en valenciano? O más grave aún, ¿creen que van a potenciar el desarrollo de una industria audiovisual autóctona o de generar dinámicas comunicativas propias (y aquí incluyo a la pluralidad de los periodistas que ya no tendrán un foro autóctono para expresarse)? El cierre de Canal 9, por lo tanto, es un fracaso originado por una gestión totalmente incompetente desde la Generalitat Valenciana alimentada por otros factores como la debilidad de nuestra sociedad civil para reaccionar cuando pudo y no hizo, como sucedió con nuestras cajas de ahorro. Un fracaso de nosotros, los valencianos, que volvemos a ser noticia nacional por algo que no debería haber ocurrido nunca. En esta triste historia no son pocos los culpables y lo más indignante es que seguramente muchos de ellos estarán leyendo la noticia sin apenas alterarse. Lo digo por última vez, es posible y necesaria una televisión autonómica y valenciana, pero son demasiados los empeñados en que eso no sea posible. Y sólo una pregunta al aire: ¿no podía haber intentado el ejecutivo de Fabra una nueva negociación con los sindicatos para salvar RTVV y una parte importante de los puestos de trabajo? Mientras esperamos una respuesta les recomiendo que escuchen el Réquiem de Fauré y manden un sincero abrazo a esos 1.800 compañeros que se han quedado sin empleo, por cierto.

Salvador Enguix / La Vanguardia

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