El 30% de les famílies dedicades a la pesca en Cullera han deixat de faenar

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L’Estany de Cullera

La desembocadura del río Júcar continúa albergando un buen número de embarcaciones pesqueras dispuestas a salir al mar y buscar su sustento. No en vano, el puerto ribereño es el que más embarcaciones de arrastre tiene de la Comunitat Valenciana, por encima de Gandia. Pero el sector no vive sus mejores momentos. En los últimos años, casi una de cada tres familias dedicadas a esta complicada profesión ha optado por dedicarse a otros menesteres.

Con 65 años a sus espaldas y 47 de experiencia en el mundo de la pesca, Vicente Pérez Crespo, presidente de la Cofradía cullerense, recuerda cómo en los días más boyantes de esta actividad unas 350 familias vivían de lo que les ofrecía el mar. Ahora, con un centenar menos, la cantidad se ha quedado en alrededor de 250 unidades familiares que siguen vinculando su ‘modus vivendi’ al Mediterráneo.

«En barcos grandes seguimos siendo la flota más importante, pero sólo nos hemos quedado la gente que éramos del mar. Antes llegó gente procedente de otras profesiones como fontaneros u obreros, pero han abandonado».

Los gastos siguen siendo su caballo de batalla. No en vano, el petróleo supone lo mismo que la mitad de las capturas que pueden conseguir. Ello, unido a las exportaciones, no pintan el mejor escaparate de un sector que resiste el temporal.

Las reclamaciones a las autoridades estatales no se han detenido nunca, explica Pérez, pero éstas no logran su objetivo.

Por contra, los ingresos por la venta del pescado no son los deseados. Las especies están «mucho más baratas ahora que en los años 80: el salmonete y la pescadilla, por poner dos ejemplos, costaban entre 900 y 1.000 pesetas el kilo y ahora están entre tres y cuatro euros el kilo»

Otro de los fenómenos con que se encuentran los pescadores es el del cambio de especies a lo largo del tiempo: «Antes no se veía casi nada de dorada o de faneca y ahora se coge, y, por contra, la almeja, que se podían coger entre 2.000 y 3.000 kilos, prácticamente ha desaparecido».

Cuando Vicente Pérez comenzó a trabajar como pescador, las cosas eran bastante diferentes. «Recuerdo que antes era todo más complicado, se basaba todo en la fuerza bruta. Actualmente está todo mecanizado y es algo más fácil». Levantarse de la cama a las tres y media de la madrugada para comenzar a trabajar a las cuatro es algo que Pérez, ya jubilado, no echa de menos: «Sólo salgo cuando me apetece», confiesa, a la vez que recuerda que, entonces, no había sábados ni domingos marcados como tales en el calendario: «Y si entonces había que estar 24 horas seguidas trabajando, se estaba».

Tras él, uno de sus dos hijos, de 37 años, sí ha querido seguir con las redes y ha aprovechado la inversión que supuso comprar un barco: «Es complicado, porque para obtener el título de patrón de embarcación hay que hacer dos cursos de tres meses de duración y después, uno de seis meses».

Cuando se le pregunta qué tiene de atrayente el mar para quien lo conoce tan íntimamente, se lo piensa y desmitifica la cuestión, llevándosela al terreno más llano: «A lo mejor, un día que hace mal tiempo lo pasas mal, pero cuando llegas a tierra no te acuerdas porque ha estado por encima la ‘ambición’ de conseguir pescado».

Manuel García / Las Provincias

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