Desde Las Antípodas: Derroche /Julia Perea

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Vista de Wellington

Aunque este era el título de una conocida canción, no voy a hablar de música, quizá en otro momento. Hoy quiero hablar sobre la cantidad de objetos y cosas que compramos, usamos, acumulamos por un tiempo y finalmente nos deshacemos de ellos, a veces sin siquiera haberlos usado.

Anteriormente, y con motivo de los 4  o 5 cambios de casa en España y en otros países, cuando tienes que vaciar una casa para ir a otra o tienes que escoger entre cientos de objetos que has ido acumulando y decidir qué meter en las cajas y qué dejar, uno empieza a arrepentirse de no haber tirado antes las cosas que ha tenido guardadas “por si acaso” ocupando durante años las estanterías más altas de la casa.

Pero aún es más evidente cuando lo ves todos los días.

Desde hace unos meses y con la intención de practicar inglés con gente de aquí, -que no es fácil entenderlos de buenas a primeras-  después de pensarlo mucho por fin me decidí a inscribirme como voluntaria en la oficina correspondiente de Wellington.

Los voluntariados aquí abarcan muchas áreas, no solo las que conocemos tradicionalmente en España de ayudar a gente necesitada, sino que puedes ser voluntario en museos, parques naturales, en oficinas del ayuntamiento, en hospitales, tiendas o en bibliotecas.

En Nueva Zelanda muchas cosas funcionan gracias a gente que realiza su labor sin cobrar un dólar, bien porque les gusta, porque pueden ofrecer sus conocimientos sobre un tema en concreto y por hacer una red de contactos laborales, adquirir referencias para futuros empleos o para ir mejorando el idioma, como es mi caso. Y la verdad es que sí que ayuda.

En este país no vive mucha gente, el presupuesto es corto y si se tuviese que pagar a todos los voluntarios como empleados (muchos lo están en sitios “oficiales”) sería imposible hacerlo.

En mi caso, y por no perder mucho tiempo por el camino, me decidí a empezar en un sitio cercano a mi domicilio y así fui a parar a  lo que llaman aquí una “charity shop”, en donde lo que se hace es generalmente recibir donaciones desinteresadas de toda clase de objetos que dejamos de usar o que se quedan anticuados.

¿Y qué tipo de objetos? Pues desde una batidora o aspiradora,  juegos de mesa, puzzles, carritos de niño, juguetes, ropa zapatos, libros, música (he visto algunos discos de vinilo dignos de coleccionistas),  postales, cuadros, utensilios de cocina… hasta muebles, sofás, colchones, neveras… todo lo aprovechable.

Es muy común en paises anglosajones esta cultura del reaprovechamiento de todo lo que se puede; mucha gente pasa diariamente por la tienda y a muy buenos precios se pueden llevar objetos seminuevos y a veces nuevos.

Los voluntarios nos encargamos de comprobar el estado de los objetos, (cada uno tenemos una “especialidad”: pequeños electrodomésticos, ropa de casa, ropa personal, juguetes, libros…) clasificarlos y bien, pasarlos a la tienda con el precio correspondiente o bien almacenarlos hasta que salgan a la venta.

Una vez en la tienda, están un máximo de tres meses y luego se envían a otras tiendas o se exportan a otros países más pobres para que se pueda aprovechar por la gente de allí. Generalmente se suelen llevar a las islas del Pacífico.

En la organización donde estoy, el dinero se destina a hospicios para enfermos terminales sin recursos.

En las pocas semanas que he estado allí, he visto montones y montones de ropa, tanto de vestir como ropa de hogar (toallas, sábanas, cortinas, mantelerías…) y la verdad es que me ha impresionado la cantidad tan enorme que se mueve sólo de éste material y en una sola tienda. Me consta que aquí solo en Wellington hay por lo menos 35 (varias sucursales de una misma organización), así que no es difícil hacerse una idea de la cantidad de cosas que “desechamos”. Y contemos además las que guardamos en casa solo “por si acaso”. En fin, como dice el título un auténtico derroche y muchas veces innecesario.

Esto me ha hecho replantearme el comprar cosas que a veces hago por mero capricho o por pura inercia.  Así que ahora, antes de llenar la bolsa con ropa pienso si de verdad es necesario y me hace verdadera ilusión tenerlo.

Para acabar este primer artículo de esta nueva etapa, me gustaría que pensáramos un poco en la cantidad de cosas que consumimos, somos muchos millones de personas en el mundo y los recursos son limitados. Aprendamos a ahorrar y además nos va a ser útil en estos tiempos de crisis.

Julia Perea, Wellington (NZ), 15 de septiembre de 2012

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