Desde Las Antípodas: Llega el otoño… /Julia Perea

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Pues sí, y aunque aún me sorprende la fuerza del sol cuando se deja ver, se nota que las temperaturas han bajado en cuestión de horas. Llegó el frío. Y los resfriados.

Esta vez se ha dejado notar pronto los síntomas ya que a las primeras de cambio toda la familia hemos estado enfermos.

Cuando nos pasaba algo así en Bélgica o Luxemburgo, y a falta de los cuidados amorosos de una madre o abuela y sus preparaciones de caldos y tisanas calientes, el procedimiento a seguir es más o menos el que conocemos: pides cita al médico de familia (o quizás no, si los síntomas son leves o no quieres perder una mañana en la sal de espera), pagas tu visita, el médico te da la factura, que tu luego presentas junto con las otras que tengas a la “mutuelle” correspondiente, que posteriormente te ingresará en tu cuenta bancaria si así lo prefieres  o te lo dará en mano.

Luego se va a la farmacia (o directamente saltándonos el paso anterior) y los que allí trabajan te dispensarán aquello que pone en la receta, o si preguntas directamente, con probabilidad salgas de allí con uno de esos preparados comerciales a base de paracetamol, fenilefrina, cafeína y algunas cosas más para mejorar nuestros síntomas. Poca cosa más podemos hacer, solo esperar unos dos o tres días a que pase todo.

Hasta aquí más o menos es lo que conocemos.

En Nueva Zelanda, la visita al General Practitioner (médico de familia) es más o menos así. Pero la mayor diferencia la he notado en las farmacias.

Las farmacias aquí no suelen ser propiedad de uno o dos titulares, como en España, Bélgica o Italia, sino que la mayoría pertenecen a alguna de las varias franquicias que hay. Creo que en UK es algo parecido. Hay siempre uno o dos farmacéuticos que son los que preparan las prescripciones y ocasionalmente dan las explicaciones pertinentes a quien lo necesita, además de una legión de auxiliares que se encargan de la atención al público.

Lo curioso es que cuando entras en las farmacias de aquí, parecen cualquier cosa menos una farmacia. Venden desde gorros, sombreros, bufandas, tintes para el pelo L’Oréal, Wella o Garnier (no el Farmatint de venta exclusiva en las ídem), bolsos, colonias, productos de herboristería, y lo más curioso es que puedes hacerte allí las fotos que necesites para renovar el pasaporte por el módico precio de 6$ el pack de 4 fotos.  Así lo hicimos la última vez: la auxiliar con la cámara  digital en la mano, dándonos indicaciones y luego ella misma con el “photoshop” en el ordenador  encuadrando la imagen y ajustando brillo y color.

Todo está en estanterías a tu alcance, más o menos como en un supermercado normal y corriente.

Los mismos productos los podemos encontrar (a un precio algo menor pero también menos donde elegir, todo sea dicho) en cualquier supermercado “grande”: puedes encontrar principalmente preparados para el dolor muscular, dolores de cabeza, contra resfriados, geles para quemaduras, jarabes para la tos…  tan fácil como cogerlo y ponerlo en la cesta de la compra. El que tú quieras.

Cuando los medicamentos no son de la categoría de “comerciales” es el farmacéutico el que los prepara.  Junto con el medicamento en cuestión, se te adjunta una pegatina en donde, aparte de los datos, se indica  la dosis y las veces que se debe repetir el tratamiento hasta finalizarlo. A veces son preparados comerciales, pero normalmente se prepara la medicación personalizada para el paciente, es decir: en un recipiente al efecto te ponen la cantidad que necesitas. Algunos medicamentos para crónicos son gratuitos, pero por la gestión de la dispensación se paga 3 $ por prescripción. Te dan el envase con los datos, medicación, nombre del medico, etc.

Me resulta curioso cómo algunos preparados que en España son “comunes” y se pueden elegir al comprar varias marcas comerciales, (por ejemplo el alcohol o los supositorios de glicerina) aquí es el farmacéutico quien lo prepara de forma personalizada.  En unos 20 minutos lo tienes listo todo.  Aunque por supuesto quien te lo cobra te da una serie de explicaciones y recomendaciones para ese fármaco, no sea que te equivoques y fuera otra cosa lo que buscabas.

Es una interesante medida el hecho de que te preparen la medicación adaptada a la circunstancia personal pues se evitan las típicas “sobras” de los tratamientos que no sabe qué hacer con ellas, además de que es un gasto inútil, pues no las puedes volver a reutilizar para completar otro tratamiento.

Julia Perea, Wellington (NZ), 5 de mayo de 2012

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