Desde Las Antípodas: Viaje a Kapiti island /Julia Perea

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Esta semana voy a contar  sobre la experiencia que disfrutamos el fin de semana pasado toda la familia.

Aprovechando la oportunidad de que unos amigos españoles habían decidido hacer una visita a una reserva natural cerca de donde vivimos, decidimos acompañarlos y aprovechar para visitar este lugar.

La reserva en cuestión es una isla llamada Kapiti, situada a unos 20 minutos en barco desde el puerto deportivo de Paraparaumu.

Para entrar allí, primero has de conseguir un permiso de entrada (no muy caro) del DOC (Departamento de Conservación) ya que las visitas están restringidas a 50 personas máximo por día. Muy cómodo y sencillo el proceso a través de internet.

Algo  más caro es el billete del “barco” que nos llevó hasta allí, pero es la única opción para llegar.

Se revisa todo el equipaje antes de entrar por si hubiese algún “polizón” que no fuese bien recibido por los habitantes de la reserva, podría suponer un desastre para algunos de los animales que están intentando sacar adelante.

Una vez estamos todos dentro y han pasado lista una docena de veces para ver si son todos los que están y están todos los que son, el barco es empujado marcha atrás por una especie de tractor a través de la playa de arena (unos 100 metros) y una vez tocó el agua el barco, el tractor se desengancha y empieza el viaje por mar.

Es una isla no muy grande, montañosa (como todo el terreno por aquí) y con abundante vegetación; la que está cerca de la costa y por causa del viento y las duras condiciones climatológicas es matorral bajo, pero cuando te adentras por una de las dos rutas que son posibles realizar en la isla, en nuestro escogimos la llamada “Rangatira” la cosa cambia y te encuentras con majestuosos árboles, algunos de  más de 20 metros de altura, los típicos helechos de Nueva Zelanda que parecen árboles (tree ferns) y muchas especies de palmeras, dando al paisaje un aspecto increíble. Sobre todo para mí, acostumbrada al bosque mediterráneo, muy diferente de este bosque húmedo.

En esta ruta, el aliciente es la subida al punto más alto de la isla, el llamado Tuteremoana, a 521 metros desde donde nos desembarcaron en la playa.

Y menuda subida…

Esos 521 metros en línea recta se transformaron en algo más de 2 horas de subida sin descanso a través de un estrecho camino en zig-zag a través del bosque.

Nos quedamos los últimos del grupo, pero aparte de por la dura subida fue porque era imposible no parar a hacer fotografías de paisajes, animales y plantas.  Y aprovechábamos para recuperar el aliento.

Al inicio de la marcha, en la charla previa ya se nos advierte de que está prohibido dar comida a los animales pero claro, cuando sacas el bocadillo es imposible evitar que caiga alguna migaja al morder y era casi instantáneo ver aparecer algún weka, (similar a un calamón pero de color marrón) picoteando por el suelo como el que no quiere la cosa…  o un kaka (una especie de loro) abriendo la cremallera de la mochila. Porque después de ver al pájaro en plena acción, parece que lo tienen muy práctico: saben como abrirla y lo que buscan dentro: las bolsas de comida.

Cuando apareció el cartel avisando de que faltaban 20 minutos para llegar a la cima, más que alentarnos nos hizo dudar si merecía la pena seguir porque a esas alturas el cansancio se hacía notar. Pero después de unos minutos seguimos subiendo, al menos podríamos decir que vimos la cima con nuestros propios ojos. Y ciertamente, mereció la pena. Las vistas eran impresionantes y a pesar de que el día empezó algo nublado, en el momento de llegar a la cima tuvimos suerte y se despejó el cielo y alcanzamos ver a lo lejos incluso las montañas de “Los Alpes del Sur” pertenecientes a la otra isla.

Una vez recuperadas un poco las fuerzas, emprendimos la bajada y tuvimos suerte de ver algunas aves “raras” de ver, como el kokako.

Algunos de los compañeros de viaje se quedaron a pasar allí la noche y aprovechar para ver los kiwis (son aves nocturnas) y el “morepork”, un pequeño búho nativo.

Hemos necesitado varios días para recuperarnos, pero ahora, una vez nos hemos quitado las agujetas de encima creo que podemos valorarlo como una experiencia muy positiva, no solo por todo lo que vimos sino porque pudimos superar toda la familia el “reto” de estar varias horas subiendo y subiendo…

Julia Perea, Wellington (NZ) 28 de abril de 2012

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