Tolerar la frustración / Ángel J. Garcia

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Frustrarse. Algo normal si comprendemos la lógica de dicha emoción.

La frustración es una de las emociones más potentes con la que tenemos que aprender a gestionarnos desde nuestra infancia.

La intensidad de esta emoción es muy variable y uno de los mayores problemas y que más a la vista están de los profesionales, es la excesiva sobreprotección a la que sometemos a nuestros hijos e hijas.

Esta protección arranca desde nuestras propias frustraciones infantiles –entre otros rasgos de carácter psicológico y emocional-, que no sabemos cómo sanarlas y las vamos transmitiendo generacionalmente al no ponerles freno. Pensamos después de sentir, que nuestros hijos e hijas merecen todo aquello que nosotros no tuvimos, e incluso más. Craso error que repetimos en un patrón comportamental que nos cuesta modificar hasta que no suceden u observamos, conductas y comportamientos inadecuados que no hemos sabido atajar.

La cuestión es que nos sorprendemos cuando vemos el fruto de ese ¨trabajo emocional¨  realizado con nuestra descendencia al observar cómo se desenvuelven y trabajan a su vez, con sus propias emociones. Ahí queremos que cambien; y eso sin saber que la aplicación de palabras y acciones del tipo prevención o antelación, son mucho más poderosas en comparación a tratamiento o a cura.

Y obviando estas palabras, alimentamos la baja tolerancia a la frustración de nuestros hijos, hijas o personas que dependen de nosotros.

Este es el modo, en que la gran mayoría nos hacemos adultos; y muchos seguimos sin saber qué hacer con la frustración para que no sea una emoción que se vuelva en nuestra contra.

¿Qué es la frustración?

La frustración es resultado de no obtener aquello que queremos o esperamos; es una emoción de valor negativo que nos indica la distancia entre lo que nos gustaría y lo que es; y esa distancia, para nosotros tiene un valor grande y al no poder cubrirlo, nos hace sentir mal. Al presentarse como una dificultad frente a nuestro deseo, termina por ir condicionando nuestra situación puntual en un momento del desarrollo, y luego se vuelve repetitiva si no se racionalizan las expectativas de la persona.

¿Cómo gestionar la frustración?

Brevemente, os dejo unos pasos que sirven como entrenamiento –Coaching llamamos ahora-, y que funcionan muy bien si nos aplicamos a ello, o si se lo proponemos a una persona cercana a nosotros y que estemos comprobando cómo y en qué grado está siendo abordado por la frustración.

Primero: Distanciándonos del acontecimiento. Dejando pasar un tiempo antes de tomar una decisión que luego, normalmente se vuelva en nuestra contra. Disociación del propio yo, o intentar ver la situación desde fuera y de una forma más global que personal.

Segundo: Aunque hay muchas personas a las que se les hace insoportable, lo más lógico es experimentarla, vivirla, y dejarla ir. Este es un proceso que parece desagradable o que nos hace sentir rabia, ira o tristeza, pero es la mejor fórmula para que dicha frustración vaya menguando en intensidad de forma gradual.

Tercero: Parar y esperar a que llegue la calma. Esta emoción, que suele dirigirnos a la acción inmediata, o próxima en tiempo, no debería hacernos actuar rápidamente; así que  aunque te moleste la espera, tómate un momento, o un tiempo; no tengas prisa. Piensa en que debes de actuar, pero para lograr cambios internos en ti, o sea, más duraderos que los circunstanciales. Para eso debe servirte el frustrarte en un momento dado.

Cuarto: Diferencia lo que es un deseo, una demanda, una necesidad, y una prioridad. Enfoca tu energía a categorizar el porqué de aquello que quieres. Y dale el toque de realidad a esa situación concreta que puede resultar más o menos positiva para que logres aquello que quieres, y que si no lo logras, te hace sentir frustrado.

Quinto: Observa, evalúa y valora si se trata de una situación que tengas que aceptar o que puedas cambiar. Para esto es positivo trabajar con el concepto de aceptación para no generar las expectativas inadecuadas que puedan provocar malestar si no se cumplen.

Estos cinco puntos que os he señalado, si los trabajamos consecuentemente, ayudarán a gestionar la frustración de mejor forma; tanto para con nosotros mismos, como para con nuestros hijos e hijas y demás seres con los que nos relacionamos, a poco que sean un poco observadores.

No obstante, y para concluir, quiero reseñar que entendiendo lo difícil que es realizar cualquier cambio de creencia, os animo a que consultéis con profesionales cualificados si necesitáis apoyo y colaboración para sacar partido de esta emoción que en principio es negativa, pero que con el adecuado asesoramiento se puede convertir en nuestra aliada cuando las metas que nos proponemos son asumibles, positivas, y sobretodo realistas.

Ángel J. García

Graduado en Educación Social y Pedagogía.

Máster en Coaching, Inteligencia Emocional, y Programación Neurolingüística.

Experto en Inteligencia Emocional y Social,  y en Diagnóstico y Desarrollo de la Alta Capacidad Intelectual.